Reflexiones
sobre Argentina
Marzo 2003
Las observaciones sobre Argentina son un resumen de diversos pensamientos sobre la crisis durante el año 2002 y el comienzo de 2003. Algunos propios como ciudadanos independientes sin partidismo, pero que sufren con el país. Otros son pensamientos de argentinos preparados culturalmente, de la Mesa del Diálogo Argentino, de los editoriales profundos del diario La Nación, de periodistas objetivos y de analistas de la situación ética y económica.
El problema argentino ha sido y es fundamentalmente moral, referido a la ética y a las conductas, a los valores y a los principios que el país ha ido perdiendo.
El país está sufriendo las consecuencias de un neoliberalismo inmoral y absurdo que sólo mira las cifras macroeconómicas y no la calidad de las personas, que ha producido una crisis moral y económica inédita y que puede hacer retroceder al país hasta los años del descubrimiento de América.
Predomina en Argentina una cultura económica que a menudo reduce las relaciones entre las personas a un intercambio interesado, y las aspiraciones humanas a la búsqueda de un mayor beneficio.
"El argentino suele carecer de conciencia moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla"( Borges )
En Argentina la política no está al servicio del bien común sino de intereses personales, partidistas y económicos, por lo cual a los fines políticos y electorales no se debe apoyar partidos y proyectos políticos que se vean funcionar al servicio de los intereses del poder económico y en menoscabo de la vida y de los derechos humanos, lo que los hace ineficaces para impulsar el bien común.
La política se ha desacreditado como consecuencia de la incapacidad e inconducta de muchos que la han ejercido y ejercen buscando sobre todo privilegios, en vez de dedicarse a procurar el bien común.
Para exigir sacrificios al pueblo es preciso decidirse firmemente a erradicar la corrupción de la vida política y social, a disminuir drásticamente el gasto político, a encarar la postergada reforma del estado y a revertir la enorme evasión impositiva de grandes sectores corporativos.
Angustia, ansiedad, insomnio, estrés, tabaquismo, aumento de las enfermedades cardiovasculares y psiquiátricas, son características que se manifiestan en la población argentina inmersa en una crisis económico social de origen esencialmente moral, y que se producen en un contexto de retroceso tecnológico y del nivel de vida.
No es una casualidad que mientras hay gran cantidad de población que se encuentra desocupada y sufre hambre, los argentinos que utilizaron los préstamos externos en beneficio propio tengan dólares depositados en el exterior, en una cantidad similar a la deuda externa, que ya sobrepasa los ciento cincuenta mil millones de dólares.
"Laisser faire, laisser passer" ha sido la consigna de un Estado liberal que produjo anarquía en el país, devastación de la producción, especulación y atención de intereses sectoriales y corporativos, descuidando el interés general.
En la crisis argentina tiene influencia cierta presencia de normalidad y naturalidad del robo de guante blanco y del peculado, con un ambiente de admiración por la capacidad de obtener dinero sin trabajar y a costa de los demás, por el "tener" sin llegar a "ser".
Argentina es un país enfermo por causas morales y éticas que influyen en política y economía.
Es la primera vez que una crisis alcanza tal profundidad, en un quebranto de los valores relacionados con la confianza, la seguridad jurídica, el sentido de pertenencia a una nación, la cultura del trabajo, la estimación e importancia de la palabra dada y el bien común.
El trabajo infantil está creciendo y es absurdo e inadmisible en un país en el cual los adultos no tienen trabajo.
En los centros urbanos aumentan los niños de la calle como limpia vidrios de automóviles, abriendo la puerta de los autos, como vendedores callejeros de alguna manufactura como pastelitos, en mercados limpiando la verdura y cargando cajones.
La principal causa del trabajo infantil es la pobreza. El trabajo infantil produce deserción escolar y problemas de aprendizaje que, según Unicef "el trabajo mata al chico dos veces: lo mata como niño y lo mata como hombre".
El trabajo tiene que ser una "política de Estado" y debe asegurarse a todos, pero no permitirse en los niños.
Crece una campaña electoral de una frivolidad tal que muchos actores parecen no percibir la gravedad de la situación real de nuestro pueblo. Se busca un cambio de personas sin que se hubieran llevado a la práctica reformas que legitimen y hagan creíble la acción política.
Argentina es un país parasitado por la mentira, que sufre de expoliación, disfunción moral e impunidad.
Los políticos y dirigentes, que deberían dar el ejemplo y tomar cuenta de todo lo que pasó en Argentina, continúan sin ceder en sus privilegios. Los consideran "derechos" o "prerrogativas" que pertenecen a su cargo y que están destinados al bien propio.
Argentina padece una parasitosis social endémica organizada y oportunista, que ocasiona daños por mecanismos expoliativos al consumir elementos propios vitales del huésped, el país.
Argentina es considerado uno de los países más corruptos del mundo por la venalidad de los funcionarios públicos, el nepotismo y el clientelismo que caracterizan a una clase política absolutamente desprestigiada por la sociedad, según informe de Transparency International.
Por la miseria, la mortalidad y desnutrición infantil crecientes presentadas es como si se hubiera pasado una guerra, que en realidad puede calificarse de genocidio. Pero los responsables ni siquiera resignan sus ambiciones de figuración política y se sumergen en sus internas partidarias que molestan a la población.
Toda la astucia de los políticos se emplea en cubrirle el rostro a la mentira para que parezca verdad, disimulando el engaño y disfrazando los designios.
La sociedad y sus representantes han perdido valores en el curso de los últimos años, en un proceso inducido por la dirigencia y promovido por medios masivos de comunicación, sobre todo por una televisión envilecida, pervertida y degradante.
La escala de prioridades valorativas en el accionar y en organizaciones públicas es algo reclamado por la sociedad en las asambleas de participación comunitaria y debe formar parte de las plataformas de los grupos políticos que se vayan formando, descartando todos los partidos políticos existentes por carecer de valores y basar su accionar en la mentira.
En todo asunto de importancia, hay siempre un pretexto que se pone en vanguardia y una razón verdadera que se disimula.
Los argentinos llegan al 2003 con un aprendizaje respecto a la política, al FMI y a los planes económicos sustentables.
En Argentina la dirigencia política, sindical, empresaria y financiera, ha perdido la noción del Bien Común y la actitud de servicio. Todo lugar de poder es utilizado para el bien propio y la actitud es de adicción a ese poder y a la riqueza. Olvidaron la ética y dejaron de lado a Dios porque no les reporta utilidad, ni beneficio material , ni ventajas, ni privilegios especiales.
Si toda comunidad humana posee un bien común que la configura en cuanto tal, la realización más completa de este bien común se verifica en la comunidad política. Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias.
La campaña electoral ha de ser una oportunidad para presentar un escenario de educación en valores. Los programas y propuestas no deben estar guiados por rencillas, oportunismos o gestos de estrategias mentirosas. Han de expresar el profundo respeto hacia un electorado que pide a sus representantes coherencia y dignidad a la hora de dinamizar la vida comunitaria.
Es necesario una renovación de los valores democráticos y esto debe surgir con la convicción de la primacía de los valores espirituales sobre los materiales.
La democracia no se justifica por ser más eficaz que otros sistemas, por conseguir más beneficios económicos y de un modo más rápido, sino por permitir al ser humano vivir con más dignidad y con más preocupación por el bien y los derechos de los demás.
La acción política, uno de los más nobles servicios al hombre y a la sociedad, parece esterilizarse por la afanosa búsqueda personal y sectorial de poder y riquezas, y pervertirse cuando grupos económicos o financieros la hacen instrumento de sus intereses.
Por su extensión en el tiempo y por su intensidad, la crisis de la escala de valores que padece la dirigencia y su resonancia en las instituciones hace peligrar la identidad e integridad de la Nación.
Es necesario recrear la política como principal instrumento de gestión del bien común, de modo tal que sea ella la que dirija y encauce también a la economía en el marco de las instituciones republicanas vigentes.
De acuerdo a los criterios de una globalización financiera no se da gran importancia a los valores morales y espirituales, formándose en los últimos años un contexto social en el cual las motivaciones económicas son antepuestas a valores y comportamientos fundamentales para un desarrollo armonioso de la sociedad.
Una condición particular de la globalización consiste en restringir los alimentos a quienes padecen hambre y, al contrario, alimentar a los mercados, como se puede ver en Argentina. El país no puede asegurar que los hambrientos sean bien alimentados porque esto requiere suprimir la desocupación dando trabajo verdadero y, sobre todo, políticas y compromisos financieros que son proteccionistas, lo cual es una amenaza para el sistema de globalización.
La idea de globalización esta íntimamente ligada a la de apertura económica y para muchos esta apertura económica es contraproducente para el crecimiento en un país como la Argentina.
Una globalización económica puede traer ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción, y con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana.
Sin embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Esto es inquietante y es lo que está pasando en Argentina.
En Argentina el Estado está capturado por una red de políticos, empresarios y dirigentes que lo tienen al servicio de sus negocios y de sus intereses políticos.
Si hay algo que persiste siempre sin cambios es la política, que se mantiene en sus formas de astucia y refinamiento para la corrupción, frivolidad, mentira e inmoralidad.
En la dirigencia política hay ineptitud y corrupción, sin capacidad para el cambio, pero sí para aparentar y simular que se quieren barrer las prácticas políticas inmorales.
Queda la duda de si la devaluación fue hecha por ignorancia o por maldad. En Argentina nadie ignora lo que es devaluar y que nos llevó a una hiperinflación en los años noventa.
La sociedad argentina padece un cáncer desde hace mucho tiempo, donde se destaca, en muchos lugares, falta de dedicación al trabajo bien hecho, el desdén por la ley, la falta de tesón para el esfuerzo, la preocupación por las apariencias y la simulación, como síntomas de la enfermedad.
Tiene sus metástasis en numerosas y aceptadas ilegalidades, el saqueo en los cargos públicos, los privilegios antidemocráticos, el autismo de la clase política, la insensibilidad ante el sufrimiento, la ausencia de responsabilidades en el poder.
La desnutrición grave se extiende en un país donde sobran alimentos y médicos pero faltan estadistas y justicia distributiva.
En Argentina hay grupos económicos muy poderosos que han obtenido inmensos beneficios de la situación creada por los impulsores de la globalización, pero la miseria antropológica de este negocio ha dejado atrás una situación social catastrófica, con destrucción de la industria local, desempleo y disrupción del tejido social.
Las causas de que un 53 por ciento de la población se ubique debajo del umbral de pobreza y de la desnutrición grave no se gestaron solamente en el último año, sino que son el resultado de una política de desindustrialización y endeudamiento ex profeso implementada en los últimos 10 años.
En esencia en este país la presencia de la desnutrición muestra que es imprescindible una justa distribución de los bienes, como condición principal para la obtención del bien común.
En el país de la carne, de la soja y de la leche es injusta, inmoral e inadmisible la desnutrición grave. Y que el 50 por ciento de los argentinos se encuentren bajo la línea de pobreza.
Argentina hipoteca su futuro por la desnutrición y con el exagerado e innecesario endeudamiento externo realizado con premeditación.
Los niños que nacen en Argentina ya deben dinero que nunca les prestaron y seguramente nunca tendrán, pagando con su cuerpo y su mente los errores, a veces intencionados, de una clase dirigente que sólo se preocupa por mantener su poder.
Se puede afirmar que una cosa es la capital, Buenos Aires, y otra las provincias interiores. Si bien ambos conforman la Argentina, sus raíces verdaderas se encuentran en el interior, donde llegan al corazón de la patria.
En los últimos veinte años la economía del país ha sido dirigida por economistas especializados, técnicos en números y en ganancias, que han hecho abstracción del bienestar general y la encauzaron hacia el endeudamiento externo y a la concentración de la riqueza por medio una injusta distribución de los ingresos.
De acuerdo a los criterios de una globalización financiera no se da gran importancia a los valores morales y espirituales, formándose en los últimos años un contexto social en el cual las motivaciones económicas son antepuestas a valores y comportamientos fundamentales para un desarrollo armonioso de la sociedad.
En Argentina la devaluación, que se hizo con torpeza y sin ningún plan, trajo resultados nefastos y contrarios a los pregonados. La ineptitud demostró ser dañina como la corrupción , y aún más porque se sumaron las dos.
Los cambios necesarios no surgirán de la clase política porque su esencia y su actividad se encuentra sumergida en privilegios, prerrogativas y ventajas de todo tipo, transformadas en leyes por los mismos políticos.
Es un país que todo lo tiene en riquezas naturales, pero que además tiene una corrupción destacada, una clase política inepta dedicada a labrar su propio bienestar y una cultura de especulación que busca el enriquecimiento rápido.
Es un país potencialmente rico con un pueblo pobre sumido en una pseudodemocracia deshonesta por una dirigencia opulenta. Inmerso en una globalización deshumanizada que exalta los valores de la competitividad, el culto al dinero, al individualismo, la frivolidad y el consumismo.
La incoherencia ocasiona situaciones paradójicas, como el hambre en una país productor de alimentos, el hacinamiento en las viviendas de un país que tiene grandes espacios despoblados, la desocupación en un país donde todo está para hacerse, el aumento de las enfermedades en un país productor de médicos y, sobre todo, la desigual distribución de la riqueza en una país rico.
La crisis argentina se extiende en el tiempo por la indecisión política para implementar un plan económico sustentable, como el Plan Fénix, más la sordera oficial hacia la Mesa de Diálogo que presentó las Bases para las Reformas. A esto se agrega el culto al FMI y la adoración del dólar.
No puede haber desarrollo ni progreso en un ambiente de especulación despreocupado del bien común.
Argentina tiene una dirigencia política, financiera, empresarial y sindical corruptas, dedicadas al propio bienestar.
El país no necesita préstamos para superar su situación de crisis sino trabajo, solidaridad y justicia social.
El FMI no tiene ningún interés en el desarrollo del país, pero tampoco es el culpable de la crisis, sino los mismos argentinos que siguieron durante años sus indicaciones, menos la indicación de un plan económico sustentable. El plan está, se llama Plan Fénix, pero es relegado con indiferencia por políticos.
Argentina necesita cambios de fondo en sus políticas y conductas. Y precisa limitar el accionar del Fondo Monetario Internacional, que intervino durante años promoviendo medidas que resultaron negativas, recesivas e impulsaron la especulación a expensas de la producción.
Argentina ya tiene una solución consensuada, pero la dirigencia política no quiere aplicarla porque, si bien recuperaría al país, también traería la pérdida de sus privilegios.
Los inevitables costos de esta profunda crisis deben ser distribuidos con equidad. Para ello es necesario eliminar todos los privilegios y excepcionalidades vigentes en los presupuestos públicos.
Es imprescindible facilitar a todos, y particularmente a los más pobres, el acceso a la justicia, desterrar la impunidad y las situaciones de privilegio; lograr su completa independencia de los otros poderes; asegurar la aplicación de la ley de modo igualitario, y mejorar su eficiencia.
La crisis actual es fruto de la irresponsabilidad de personas y de sectores con poder, que no buscan el bien común, sino sus intereses egoístas. Los valores morales deben ser especialmente asumidos por dirigentes y por responsables de la sociedad: los políticos, los empresarios, los financistas, los gremialistas, los educadores, los medios de comunicación.
Las ruinas de los pueblos no se producen por factores de orden material: la crisis económica es la consecuencia. Las naciones no mueren por ser pobres, sino por ser inmorales.
La inédita crisis argentina, que ha erosionado la legitimidad pública y privada, es tan grave y de tal naturaleza que la convivencia y la democracia se encuentran seriamente amenazadas. Esta crisis incluye cuatro años de recesión, desempleo sin precedentes, aumento incesante de la pobreza, la indigencia y la exclusión social, problemas crónicos de las finanzas públicas, una extendida ruptura de la seguridad jurídica y la pérdida completa del sentido de lo público y del bien común. (MD)
Argentina se encuentra en dura prueba de su capacidad de resiliencia ante una crisis que lleva meses. Se percibe que puede superarla pues la sociedad se ha dado cuenta del fondo moral y ético que causa sus problemas para, primero, tomar conciencia de que es la oportunidad de cambiar y, segundo, comenzar a actuar para lograrlo enfrentando la frivolidad y la oposición de la clase dirigente a las reformas.
El Plan Fénix se realizó en el ámbito de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, en septiembre del 2001. Contiene alternativas concretas para salir de la crisis económica y social que atraviesa el país, mostrando, desde mucho antes de la crisis, como pasar de esta al crecimiento con equidad.
Argentina puede recuperarse si la dirigencia deja de mirar el bien propio y comienza a trabajar por el bien común. Y todo está planteado y presentado. El Plan Fénix da los lineamentos esenciales para el desarrollo económico con equidad mediante un plan sustentable. Y la Mesa de Diálogo Argentino ha entregado las Bases para las Reformas, no solamente económicas sino también políticas, sociales, judiciales, educativas, en salud, etc.
El Plan Fénix impulsa replantear el tratamiento de la deuda externa pero sin la necesidad de solicitar más préstamos. Argentina no necesita préstamos; necesita trabajar y producir invirtiendo el resultado en el país, estableciendo con los acreedores un tiempo sin pagar la deuda para salir adelante y luego comenzar los pagos.
En una democracia nadie puede ser tan rico como para disponer de depósitos en el exterior. Esto debe ser considerado traición a la patria.
Es necesario que se entreguen a Argentina todos los depósitos de los argentinos en el exterior, pues la mayor parte son producto del saqueo al país, para con eso desarrollar la producción y distribuir con equidad, para luego pagar la deuda.
La salida es posible pero debe construirse a partir de valores comunes: la recuperación de la confianza, como valoración del prójimo, la previsibilidad y las reglas de juego; la credibilidad, ligada especialmente a la honestidad y a la transparencia de todos los actores; la solidaridad como expresión de una mayor justicia distributiva y de una austeridad compartida; en fin, la identidad nacional, como la justa valoración del pasado y la vocación de construir una visión o proyecto de país ampliamente compartido (MD).
La Argentina no tiene premios, porque la vanidad impide reconocer méritos ajenos. Antes bien, por cada mérito hay una multitud tratando de apropiárselo y caminar sobre las cabezas de quienes construyeron algo.
Tampoco hay castigos verdaderos. No hay castigo a la corrupción, no hay castigo a los delitos comunes y no hay castigo a ninguna infracción a las reglas de convivencia.
Cualquier país puede cargar sobre sus espaldas algunos pocos grandes casos de corrupción en los más altos niveles de gobierno. Lo que no puede resistir una nación es la corrupción extendida en todos poderes, en todos los sectores, en todas las jurisdicciones y en todos los niveles.
La corrupción está en el gobierno, pero también en las empresas, en los gremios, en las organizaciones no gubernamentales y en las asociaciones de profesionales.
Argentina debe retornar a la vieja cultura del trabajo, un valor que se complementa con una cultura del esfuerzo que hoy casi no se advierte en tanto ha sido relegada en gran parte por los vicios del hedonismo y por los efectos del clientelismo.
El asistencialismo es para el momento de la catástrofe, de la necesidad, pero se ha convertido en sinónimo de clientelismo político, que es una de las expresiones más tristes de la degradación moral, personal y social. La solución es crear trabajo.
La experiencia histórica, tanto argentina como de otros países, indica que a la larga el asistencialismo es la tapadera de convulsiones sociales, y el mero clientelismo político no hace más que perpetuarlas.
Poner énfasis en la calidad del trabajo nos llevará a la necesaria y hoy ausente reflexión de cómo crear riqueza. Una vez respondido dicho interrogante, se podrá alentar a conseguir en los hechos una más justa distribución de aquélla.
La sociedad argentina se ha dado cuenta del fondo moral y ético que causa sus problemas para, primero, tomar conciencia de que es la oportunidad de cambiar y, segundo, comenzar a actuar para lograrlo enfrentando la frivolidad y la oposición de la clase dirigente a las reformas.
Los argentinos están mostrando la particularidad de ser resilientes, ante las características de las crisis recurrentes que afectan profundamente su estilo de vida, y de la agresión de una clase dirigente. Siendo resiliencia la aptitud para soportar las crisis y adversidades en forma positiva, recobrando la fortaleza o resistencia para salir airosos de las pruebas.
La resiliencia es parte del proceso evolutivo de las personas y también de las comunidades y de Argentina, que deben actuar y superarse para lograr formar una verdadera Nación Socialmente Justa, Económicamente Libre y Políticamente Soberana.
Hasta ahora no se ha realizado una autocrítica y es evidente la falta de voluntad política para traducir los acuerdos del Diálogo Argentino en decretos y leyes -" Laisser faire, laisser passer".
Uno de los problemas a superar en Argentina consiste en superar la soberbia y la viveza criolla, que es una característica de algunos sectores poblacionales de la Capital Federal.
Otro problema a superar es el de las adicciones sociales: Adicción al dinero fácil y a los privilegios.
El camino a seguir debe insistir en la "Desnormalización" de la corrupción y de la perversión política, económica y social, reconstruyendo la nación como una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.
El desarrollo no debe quedar en manos de pocos, de sectores, de intereses particulares. Tampoco debe confiarse al solo proceso casi mecánico de la acción económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad pública.
Debe haber simultaneidad o paralelismo entre el desarrollo económico y el progreso social. Así lo exige la justicia social. Cabe decir que el progreso social se identifica con el genuino desarrollo económico. Por ello hay que esforzarse en lograr que el desarrollo opere simultáneamente de manera similar en los diferentes sectores económicos, sin dejar de reconocer que la industrialización es señal y factor principal del desarrollo.
Argentina debe garantizar en todo momento la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda, la igualdad relativa en el poder de compra, el disfrute generalizado de los servicios públicos fundamentales sin privilegios inmorales.
La globalización debe traer una distribución más equitativa de la riqueza, lo que implica el control de las empresas multinacionales y la democratización o reemplazo de las organizaciones económicas internacionales, en especial el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Los factores negativos que retrasan a la sociedad argentina están siendo superados por los factores positivos que predominan, como las familias bien constituidas - base fundamental de la nación - la solidaridad, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas con su sentido de unidad y coherencia, y las nuevas formas de participación ciudadana que intervienen en la realización de las reformas necesarias. Por esto Argentina se encuentra en proceso de recuperar y afianzar las bases sobre las cuales cimentarse y proyectarse hacia el futuro más allá de los efectos negativos de la adversidad.
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Marzo 2003